Thursday, June 11, 2015

Ésta no es la semana de Orlando

AHORA, DAMAS Y CABALLEROS, si me permiten, voy a romper ese concepto tan sagrado que lo conocemos como el orden cronológico, para contarles lo que pasó ayer, cosa que me obliga contar, antes de que se me olviden los detalles, antes de que se me vayan aquellos sentimientos que experimenté tan fuertes, antes de que se me escape la verdad y quéden sólo los hechos.

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A LAS SIETE Y MEDIA ANOCHE estuve platicando con Sonia por el teléfono, nuestra llamada diaria. Todo estaba muy bien: habíamos ido al mercado, a la casa del abuelo, a investigar un gimnasio a que pierda algo de esta gordura, y al parque a enseñarles a los locales esa cosa misteriosa que se llama el béisbol.  Niko, Orlando, y Kiara estaban jugando a todo placer: gritos pa´acá, gritos pa´allá.  Lo que no reconocí es que uno de aquellos gritos fue por espanto y no por placer, hasta que Niko, lagrimeando, me vino y me dijo, "Papá, corta rápido, que Orlando está sangrando".

--¿¡Orlando está sangrando!?

--¡¡Sí!! ¡¡Y mucho!! ¡¡De la cabeza!!
.
--¡¡Coño!! Me tengo que ir mi amor, te llamo--y le colgué a mi esposa.

Y así era. Orlando estaba tumbado en el suelo, con sangre por toda la cara. Lo levanté y lo llevé al baño y me lo puse a limpiar.  En un dos por tres llegó Adita, nuestra anfitriona del cielo y, además, enfermera, y ella se encargó.  Lo limpió, le puso presión a la herida (que medía 2/3 de una pulgada) y lo teníamos allí, acariciándolo, susurrándolo, hasta que por fin dejó de sangrar y Adita le puso una cinta encima.

A mí se me veía muy ancha la herida.

--Creo que va necesitar que lo cosan--le dije a Ada.

--¿Tú crees? Yo diría que no.

--Y de enfermera, ¿con cuánta seguridad lo dices?

--Cincenta por ciento.

Y lo pensé. Confío demasiado en Adita, como una propia tía, Pero sabía que en este caso como padre, me tocó esta decisión.

--Mejor lo lleve al médico. Me haría sentir mejor.

Ahora para que sepan un poco de Adita: es un ángel. Aunque le tocaba a su propia hija ir a dormir, se la encargó a su mamá e insistió en acompañarnos al hospital.  Se encargó de negociar con el taxista y conseguir entrada al hospital. Se encargó de explicárselo al personal de allí que había pasado. Sólo cuando tuvimos que entrar a la sala de emergencias, y dejaban que un sólo adulto acompañara al niño, fue que fui solo, Veríamos lo que necesitaba mi hijo.

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A TODO ESTO SONIA SE QUEDÓ EN ESPERA. Recuerdan que lo último que oyó fue "¿¡Orlando está sangrando!?". Pobrecita, a tres mil millas, sólo sabiendo que su hijo estaba sangrando, y nada más. ¿Cómo fue para ella, en Iowa, preguntándose que habría pasado, y probablemente imaginándose lo peor?

Y mi Nikito.  Tan precioso.  Llorando por su hermano, acariciándolo, diciéndole que todo iba a estar bien, Es tan sólo en estas ocasiones cuando se ve de verdad el cariño que hay entre hermanos. Él también insistió en ir con nosotros al hospital, sus ojos llenos de lágrimas, preocupándose por el bienestar de su hermano.

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ORLANDO Y YO ENTRAMOS A UNA PUERTA llamada "Cirugía".  El doctor le quitó la cinta que le había puesto Ada y dijo casi de inmediato:

--Esto como que es para puntos.

--¿Usted cree?

--Sí. Es muy ancha la herida.

Me entregó un documento que dijo "Prioridad II" y me dijo que tenía que salir a la caja de ingresar. Yo, sin puta idea que fue una caja de ingresar.  Pero nuestra angelita Adita me ayudó.  En la caja de ingresar nos dijeron que como no éramos ciudadanos, había que ir a pagar primero.  Yo, con miedo. ¿Y si no tenía plata suficiente para pagar? Contaba con unos tres o cuatro cientos soles, un poco más de cien dólares. Fuimos a la caja de pagar.

--Son ocho soles, señor.

--¿Ocho?

--Sí señor.

Ocho soles son menos de tres dólares. Le pagué y regresamos a la caja de ingresar, donde nos dieron unos papeles y nos mandaron de nuevo a Cirugía.  Yo, aliviado: esto no sería tan difícil como había temido.

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HABÍA CONTADO MIS HUEVOS ANTES DE QUE ABRIERAN, como bien decimos en inglés. En Cirugía, de nuevo le quitó la cinta y quedó de acuerdo con el primer doctor: Orlandito iba a necesitar puntos.  Se sentó y se puso a escribir una lista.  No estaba bien seguro lo que hacía, pero esperé con paciencia.

--Mire--me dijo al terminar de escribir--éstas son todas las cosas que vamos a necesitar para ponerle los puntos. Usted necesita ir a la farmacia a comprarlas, y ya teniendo todo, le pondremos los puntos.

--No entiendo--le dije. --¿Tengo que ir a comprar los materiales que ustedes usan en el procedemiento?

--Así es señor.

--¿Pero en dónde queda la farmacia?

--Hay una aquí mismo, señor. Y si no tienen todo, hay varias farmacias afuera donde usted puede comprar lo necesario.

Me quedé gringo, como bien decimos en Venezuela. Pero ni modo. Fuimos a la farmacia del hospital, que quedaba a veinte metros de Cirugía.

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EN LA FARMACIA DEL HOSPITAL TENÍAN más o menos la mitad de las cosas que Orlando iba a necesitar.  El señor señaló las cosas que no tenían y nos dijo que habían cuatro farmacias en la misma esquina.

--Vamos--le dije a mi O, callado, nervioso, con miedo, pero portándose como todo un hombre.

En la primera farmacia no tenían la primera cosa en la lista, que, según Adita, fue la más importante.  "Ni modo" me dije, y fuimos a la segunda. Tampoco la tenían. A la tercera tuvimos suerte, o al menos lo pensé en ese momento. Le encargué al señor que me llenara la lista como pudiera y de ahí veríamos.

--48 soles--me dijo.  15 dólares. Le entregué la plata.

--Señor, si no es mucha molestia, ¿puede marcar todo lo que no tiene para que en la próxima farmacia les pueda decir lo que me falte?

--Sí señor. Aquí lo tiene.

Vi a la lista. De nuevo me sentí con alivio.  Todas las cosas que él no tenía, sí las tenía la farmacia del hospital.  Regresamos allí y me presenté en la farmacia.

--Éstas son las cosas que me hacen falta--le dije al señor--pero dijo usted que cuenta con todo lo que está en la lista.

--A ver--me dijo, y comenzó a jugar con su computadora. Después: --Tenemos todas estas cosas, pero justo se nos acabó este gel. Va a tener que salir a comprarlo.  Lo demás, aquí tiene un papelito.  Vaya y lo pague en la caja de pagar, y se lo entrego.

"Ni modo", me dije. Fuimos a la caja de pagar.

--Son cinco soles con ochenta centavos señor.

Dos dólares. Le pagué. Orlando me tenía la mano. Se veía cansado, y perdido. Me preguntaba si yo me veía igual.  Salimos por segunda vez del hospital. Esta vez tuvimos más suerte: la primera farmacia contaba con el gel que necesitamos.

--16 soles señor.

5 dólares.

--Gracias.

Ingresamos de nuevo al hospital y fuimos a la farmacia de allí. Me entregaron las cosas que había pagado en la caja de pagar.  "Por fin" me dije, "tenemos todo. Ahora sí, vamos con el doctor, y él le pondrá los puntos a mi O."

Es mala costumbre mía contar victoría antes de que el tiempo se acabe.

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EL DOCTOR SE PUSO A VER NUESTROS SUMINISTROS.  Cuando llegó a ver un pequeño paquete morado, y demoraba en verlo, me empezó a dar nervios de nuevo. Algo no estuvo bien.

--Mire--me dijo--esta aguja no está bien. ¿Ve donde dice SD? Tiene que decir TC.

--No entiendo--le dije--¿Cómo así?

--Esta aguja no sirve. Si fuera en la mano, sí. Pero en la cara todo es más delicado.  La punta tiene que ser más fina. Tiene que decir TC.

--Pero si le enseñé lo que usted me mandó.

--No sé que decirle señor. Se lo entregaron la cosa equivocada. Hay que ir a cambiarlo antes de que podamos proceder.  Además: no tiene los guantes ni la gaza que pedí. También tiene que conseguir eso.

--Pero me dijeron en la farmacia que la lista ya estaba completa.

--Yo no puedo hablar por la farmacia.  Sólo sé que le faltan esas tres cosas: los guantes, la gaza, y la aguja. Y no puedo hacerle nada hasta que tenga esas cosas.

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ORLANDO SEGUÍA FIEL A MI LADO. Pobre, pobre niño. Se le salían gotitas de sangre de vez en cuando de su herida, que la limpiaba con mi camiseta, cosa no saludable, lo sé, pero, ¿qué remedio?

De nuevo, a la farmacia. De nuevo, a la caja de pagar. De nuevo, a la farmacia, donde ya tuve los guantes y la gaza.  De nuevo, salimos del hospital. De nuevo, a pedir una aguja, una aguja que ya para estas fechas me parecía más bien un mito.  Por algún milagro tuvieron la aguja. Por cuarta vez, Orlando y yo llegamos a Cirugía.

Y ahora nos presentó otro reto: el doctor se había desparecido.  Lo más probable era que estaba atendiéndo a otro niño en nuestra ausencia, pero nadie nos dijo nada. Y no éramos los únicos: una señora estaba delante de mí con un niño que padecía de un corte menos largo pero más profundo que el de Orlando.  Una madre cargaba a su hijo que tenía dos cortes fuertes en la frente. Por otros lados hubieron otros problemas: niños con ásma, fiebres, huesos rotos, llanto por todos lados. Los padres llevaban ropa sencilla, ropa de gente humilde, gente que no pedía nada más que la salud de su hijo.

Tuvimos que haber esperado más de media hora hasta que apareció el doctor.  Como Orlando estaba medio bien, dejé que las otras mamás fueron vistas, para que empezaran con el proceso eterno de conseguir cosas de las benditas farmacias.

Y por fin, POR FIN, el doctor dijo aquellas palabras mágicas:

--Vamos a ir a suturar a este pequeño.

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ENTRAMOS EN EL SALÓN DEL PROCEDIMIENTO. Al entrar vi algo que siempre quedará conmigo: en una catre yacía un bebito, de seis libras como máximo, claramente sufriendo aunque no sé de qué. Su mamá, con su facha humilde, su cartera en el catre, sentada en una silla barata, su cabeza en el catre, dormida. ¿Cómo sería, estar así, con un bebé tan chiquito, que no te puede contar nada, que no sabes qué le pasa, sin recursos, sin otro remedio que dormirte al lado del catre de tu bebito?

--Y su hijo, ¿coopere?--me preguntó el médico.

--¿Cómo así?

--O sea, hay ciertos niños que se mueven mucho, y tenemos que sujetarlos. De otra forma, si su hijo puede estar quieto, no lo tenemos que sujetar.

--No, él sí coopere. Tiene miedo, pero estará quieto.

--Muy bien. Que se suba al catre.

Lo levanté al catre. Orlando tenía lágrimas en los ojos pero dijo que iba a ser fuerte porque lo importante era cuidar a su cuerpo. Muy bien, le dije.  Empezó el doctor a sacar sus herramientas para el procedimiento.

--Y señor, ¿quién le entregó este tubo?

Sentí como si me habían dado duro en la panza. --Señor, disculpe. ¿Cuál tubo?

--Éste.

--Mire, señor, le voy a ser franco.  He ido a tantos lados que ni sé de dónde vino qué cosa.  ¿Qué pasa ahora?

--Es que tenía que ser más chiquito, de un centímetro. Éste es muy grande.

--Pero es lo que me dieron de su lista....

--Sí, pero no sirve. Tiene ir a cambiarlo.

--¿Quieres decir que me dieron otra vez algo equivocado?

--Así es.

--¿Y el niño?

--Se queda aquí. Vaya rápido y cámbielo.

Otra vez a la farmacia. Otra vez a la caja de pagar. Otra vez a la farmacia. Estuve practicamente corriendo.  Regresé y se lo entregué.

--¿Así quiso?

--Sí. Le hemos puesto el gel para que no sienta nada.

--Qué bien.

--Señor--me preguntó--de qué país es usted ciudadano?

--De Estados Unidos.

--¿Y el niño también?

--Sí.

--Bien. No creo que me haya entendido del todo.  Por favor esté diciéndole las cosas que yo diga en inglés, Así irá todo mejor.

--Listo.

Y sacó la aguja.

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ORLANDO ERUPTÓ EN LLANTO CUANDO la punta de la aguja penetró su herida. Lloró hasta que pasó el dolor y seguía llorando hasta que se dio cuenta que ya no dolía, sino que no sentía nada.  El doctor trabajó rápido pero con precisión. Salió un chorro de sangre y después pudo empezar a coser. Observaba que con cada movimiento de la aguja los lados de la cortada hasta que pronto estuvo todo cerrado.

--¿Cuántos puntos son?--le pregunté.

--Tres.

--Así me imaginaba.

El doctor dijo que estaba listo ya. ¿Y pueden creerlo?: A Orlando lo tuve que despertar para que nos fuéramos.

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HAY MUCHOS DETALLES QUE NO INCLUÍ en este relato. Supongo que podría contarles como Ada y Niko nos esperaban con una hamburguesa para Orlando, como me urgía una Coca-cola porque me moría por falta de azucar, como las citas pendientes de Orlando. Y supongo que también podría aprovechar de esta oportunidad para comparar los sistemas de salud en dos países distintos, o hacer comentarios de las respectivas sociedades.

Pero ya no estoy de ganas para todo eso.  Más que todo este relato para mí ha sido una manera de desahogarme, de dejarme creer que sí pasó, pero a la vez que ya pasó, y que aunque fueron unos momentos de desesperación, que todo estará bien. Puede que sea cursi, pero creo que la experiencia que tuve ayer me tendrá un impacto muy grande, y eso sí es decir algo, porque ya para mi edad no hay tantas cosas que impactan a uno.

Recordaré ese espanto al saber que Orlando sangraba, y el buen cuidado que Adita le dio. Recordaré la cara y la voz y la mano de Niko, que gritaban su amor para su hermano.  Recordaré la decisión de llevarlo al médico en un país y un sistema no conocido. Recordaré que yendo a sanarlo a mi O en el taxi casi nos matamos cien veces debido al tráfico. Recordaré esa confusión que fui yo que era responsable a buscar las cosas para que le suturaran.  Recordaré el correr de farmacia en farmacia, mi O a mi lado, asustado pero fuerte porque confiaba en mí. Recordaré su llanto a sentir la aguja en su herida, y la sangre, y la cosida, y que lo tuve que despertar después. Recordaré que a una amiga como Adita no hay forma de recompensar lo que hizo, que lo tienes que aceptar como regalo de Dios.

Y más que todo recordaré mis horas en ese lugar, rodeado de mucha gente que es mucho menos afortunada que yo, que probablemente no contaban con los soles necesarios a comprar agujas y guantes adecuados.  Y recordaré las conversaciones con los padres de los chiquillos, que cada cuento era distinto pero a su vez igual.  Recordaré el llanto descontrolado de los hijos que no aguantaban su dolor, por X razón que fuera. Y sin que quepa duda recordaré de esa mamá tendida a su bebé tan frágil que francamente no sé si aún siga vivo.

Y recordaré que al fin y al cabo aquella ola de reconocimiento tan rico, aunque sea bajo circunstancias feas, que para cada persona que habita esta Tierra, por todas nuestros diferencias y pleitos, hay una cosa que no cambia nunca para nadie: que cuando alguien a quien queremos se enferma o se lastima, que sea nuestro hijo, nuestro padre, nuestra pareja o nuestro amigo, lo único--lo único--que nos importa en todo este mundo lleno de desgracias es que nuestro ser querido pueda mejorarse, sea como sea, sin importar siquiera la cantidad de farmacias que nos toque en el proceso.

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