Wednesday, June 10, 2015

El viaje: La aventura del llegar, parte uno

Aquí me siento en la casa de nuestra amiga Adita. Son las once de la mañana y estoy con una taza de café (pasado, no instantáneo--más de esto en otra fecha). Ya leí el periódico de hoy y mi entrada de la Biblia (aquellos reyes tan corruptos, qué va). Los chicos siguen enpiyamadas, completamente entretenidos por sus tabletas, contentos de la vida porque aquí tenemos Wifi, cosa que no sabíamos si íbamos a tener.  Y tal vez más importante, gozamos de una brisa ligera que pasa por los vidrios abiertos de par en par, oímos los sonidos de la construcción constante que hay en esta zona, las bocinas de los carros, los gritos de los vecinos...en fin, todo lo que es vivir en Lima, en otra ciudad, en otro mundo. Y estamos a gusto.

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El llegar aquí no fue nada fácil. Supongo que tampoco fue tan difícil, en fin, pero a la vez el viajar con dos niños a otro continente siempre va a tener sus retos. Llegamos al aeropuerto de Chicago sin mayor problema. Sonia manejó porque se lo tenía que aprender para cuando venga en julio, e hizo un trabajo magnífico.  Pasamos sin problema por seguridad y luego nos pusimos a esperar al vuelo con calma.

Allí comenzó la jornada. Debido a algún consejo que recibí, ni me acuerdo de dónde o de quién, decidí que lo mejor sería darles a los chicos un poco de Benadryl para que estuvieran más calmados en el vuelo.  Niko lo tragó muy fácil, pero a mi Orlandito le fue un poco más complicado.  Y como buen papá que soy, le insistí, y la próxima cosa que supe es que mi mano estaba en la boca de Orlando, llenándose con lo que antes había estado en su estómago, y corríamos para el baño, pero el vómito seguía sin importarse que teníamos que llegar al baño.  Ya al llegar el pobre de mi hijo había terminado de vomitar.  "Qué va" me dije y le limpié su boca y su ropa lo mejor que pude. Luego fuimos a esperar al vuelo de nuevo, y a pesar de lo terco que soy, ya no le insistí que tomara el Benadryl. "Sobrevivimos el primero", me dije, "ojalá y no hayan más".

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Qué va. O´Hare tal vez sea la cosa más parecida al infierno que existe en la Tierra. Abordamos al avión cuarenta minutos tarde, cosa que no sea tan grave, pero luego pasamos una hora y media en la pista esperando a qué nos dieran permiso a despegarnos. Al fin lo hicimos, y al principio todo estuvo bien.  Niko estuvo entretenido con la televisión, y mi O se durmió, a persar de no haber tragado el Benadryl.  Hasta Papá quedó dormido un rato, pero él sí con ayuda (que Dios bendiga al Xanax en los vuelos).  Al despertarme descubrí que Orlando no quiso hablar. No sabía bien el por qué, pero sí noté que sus cachetes estaban algo inflados, cosa que me pareció muy curioso. Nos comunicamos las próximas dos horas y media con señas de mano, y al aterrizarnos en San Salvador lo manejé directamente al baño.

--Háblame--le dije.

Movió la cabeza que no. "Ahora sí que le jodí" me dije. "Tendrá alguna herida psicológica y no hablará por la duración del viaje y todo será porque le insistí que tomara Benadryl y su primer vuelo fue una pesadilla."

--Que me hables--le dije.

De nuevo movió la cabeza.

--A ver--le dije, y le aplasté suavemente las mejillas. Salió un poco de saliva.  Aplasté un poco más, y salió más.  En eso decidí que tenía que botar todo, y seguí aplastando a pesar de que el insistiera que no.  Y luego salió un nuevo chorro, y el pobre niño vomitó y vomitó, por un minuto entero.

--¿Te sientes mejor?--le dije.

--Sí--me dijo.

Y yo, aliviado porque no iba a haber por qué llevarlo al psicólogo. Al menos, no hasta que meta la pata de nuevo.

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Pues la demora en Chicago nos costó. Perdimos nuestra conexión con Lima. Pero Avianca, a diferencia de las putas líneas gringas, nos trató de maravilla.  El mayor problema no fue la aerolínea, sino tres mujeres que gritaron a toda voz que de que alguna manera Avianca debía hacerles llegar a su destinación final, aunque construyeran un nuevo avión en hacerlo. Nos pusieron en un hotel buenísimo, nos pagó una cena y un desayuno de reyes, y hasta me regalaron tres minutos para llamar a Estados Unidos, ya que mi celular no sirve en otros países.  Así que en Gringolandia hubiéramos estado en el puto aeropuerto, pagando comida asquerosa, pero en El Salvador vimos televisión y comimos tranquilos, y me regalé una ducha merecida. Nos acostamos en camas cómodas y dormimos las ocho horas que Dios manda.

En la mañana fuimos a desayunar, y luego, como no tuvimos que estar en el aeropuerto hasta las doce, fui afuera a leer mi periódico (tradición mía cuando viajo), rodeado de palmeras cercando una piscina de agua súper azul. Me acompañó Niko.

--Lástima que no tenemos la ropa de baño--me dijo.

--Pero métete en tus calzones--le respondí.

--Me da pena.

--No te preocupes. A nadie le importa.

Sólo eso necesitó. Se quitó la ropa y se lanzó, gritando con placer.  Al rato vino mi O y él también se metió.  Vinieron unos gringos de Illinois, también rumbo a Lima, y se pusieron a jugar con mis hijos. Yo, con mi música y mi periódico, en esta tierra tropical, oyendo los gritos de placer de mis hijos, estuve de lo más contento.  Ni la lluvia que iba y venía nos afectó: es más, creo que lo hizo aún más placentero.  Y aunque no habíamos llegado todavía a Lima como previmos, me dio satisfacción que la primera fase de nuestras aventuras no fueron más que un éxito completo.

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