Friday, July 25, 2014

Recess Duty



                De dar vueltas trata la cosa.  Armarte entre capas y capas de ropa invernal, tener tu pito y tu bolsita de curitas y guantes de goma, e ir afuera a dar vueltas.  Los niños a veces no quieren salir, pero ni modo; si yo tengo que salir ellos también lo harán.  Yo soy de Iowa y nosotros siempre salíamos a recreo, aunque fuera enero y hacían unos cinco benditos grados y el cielo estaba súper nublado como está ahora. Así que salimos y ellos se ponen a jugar en la nieve o en grupo para chismear, y yo me doy mis vueltas, vuelta tras vuelta, esperando a que suene la campana y nos metamos de nuevo, sonando el pito cuando veo la necesidad, aunque en realidad no soy de esos que pita mucho, como es la otra profesora; para ella cada cosa es una infracción de las reglas y hay que hacerse la fuerte.  Yo, en cambio, doy mis vueltas y guardo el pito para cuando sea absolutamente esencial.

            Muchos días me acompaña Briana. A Briana le gusta tenerme la mano y caminar conmigo.  Briana no parece tener muchos amigos, pues siempre me acompaña en vez de jugar a la roña o a chismear con sus comadres.  Es una niña bien linda, muy bondadosa, muy bien portada; siempre habla de las cosas que hace para cuidar a sus hermanitos y primitos.  Me parece mucho para una niña de siete años, pero hace tiempo ya que me doy cuenta que la vida de Briana es muy distinta a la que tuve yo a los siete años.

            --¿Usted va a trabajar hoy, Mister Plum?—me pregunta.  Me sonrío; estos chiquillos muchas veces no se dan cuenta que el ser profesor es mi trabajo.

            --Sí, mi´ja— le contesto. –Ya estoy trabajando.  Mi trabajo es ser tu profesor.

            --Oh— responde ella. –Es que mi mamá no pudo ir al trabajo hoy.  Mi mamá dice que está yendo mucho la gente pa´ chequear papeles, y ella no los tiene.  Y dice que si eso pasa se tiene que ir pa´trás a México. Y dice que eso ya ha pasado en otros lados.  Y así mejor no fue a trabajar.  Y dice que tal vez no vaya por un tiempo.

            Es verdad lo que dice la niña.  Ya en el último mes el ICE ha redado a varias fabricas de carne en otros pueblos y a un montón de gente la están deportando.  Siento pena a esta gente.  No tienen otra opción para trabajar, y ahora el mismo acto de ir a trabajar puede joderles la vida por completo.  Y aunque Briana lo diga, el no ir al trabajo por más de unos días no es una opción, porque no tienen de qué más vivir y tarde o temprano necesitarán volver al trabajo si es que quieren tortillas en la mesa y techo sobre sus camas.

            --Ojalá y pronto pueda regresar tu mamá al trabajo—le digo a la niña, dándole un pequeño apretón a la mano que se aferra a la mía.

            Y seguimos dando vueltas.  A nuestro alrededor casi todos los niños están corriendo y gritando, haciendo muñequitos de nieve y llamando a sus amigos, el vapor saliendo de su boca cada vez más.  Y como siempre, hay un pequeño grupo cerca de la puerta, temblando por el frío, esperando nomás a que el recreo se acabe y se pueda meter otra vez a la seguridad y calidez que las paredes de la escuela ofrecen.

            --Mister Plum—me dice Briana--¿usted tiene papeles?

            Me sorprende la pregunta.  Quedo sin hablar un momento largo, y luego le contesto:

            --Pues sí, mi´ja. Por supuesto que tengo papeles.

            --¿Y cómo usted agarró sus papeles?

            --Pues…cuando nací nomás tuve mis papeles.

            --¿Y por qué mi mamá no tuvo sus papeles así nomás cuando nació?—me pregunta.

            --Pues…es un poco complicado, chiquilla. Es que tu mamá nació en México. Pero son diferentes los papeles de México y de Iowa.  Yo no tengo papeles para México, por ejemplo, pero tu mamá sí. Y yo de Iowa, pero tu mamá no.

            Un minuto pasa.  Tal vez dos.

            --Sería mejor—dice Briana—si todos tuviéramos papeles para todos los lados.  Así mi mamá podría ir a trabajar igual que usted, Mister Plum, y usted podría trabajar en México si quiere.

            Le doy otro apretón a la mano de la niña. «Es verdad, mi´ja. Es verdad».

            Dejamos de caminar un momentito.  Arriba, muy arriba, el sol ha aparecido desde detrás de unas nubes. Pero aun así, siento todavía más frío que antes.  Chequeo mi reloj.  Quedan siete minutos de recreo.

            --¿Damos otra vuelta, mi´ja?—le digo a Briana.  Me apreta la mano y me dice «Sí, Mister Plum. Damos otra vuelta».

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