De dar vueltas trata la cosa. Armarte entre capas y capas de ropa invernal,
tener tu pito y tu bolsita de curitas y guantes de goma, e ir afuera a dar
vueltas. Los niños a veces no quieren
salir, pero ni modo; si yo tengo que salir ellos también lo harán. Yo soy de Iowa y nosotros siempre salíamos a
recreo, aunque fuera enero y hacían unos cinco benditos grados y el cielo
estaba súper nublado como está ahora. Así que salimos y ellos se ponen a jugar
en la nieve o en grupo para chismear, y yo me doy mis vueltas, vuelta tras
vuelta, esperando a que suene la campana y nos metamos de nuevo, sonando el
pito cuando veo la necesidad, aunque en realidad no soy de esos que pita mucho,
como es la otra profesora; para ella cada cosa es una infracción de las reglas
y hay que hacerse la fuerte. Yo, en
cambio, doy mis vueltas y guardo el pito para cuando sea absolutamente
esencial.
Muchos días me acompaña
Briana. A Briana le gusta tenerme la mano y caminar conmigo. Briana no parece tener muchos amigos, pues
siempre me acompaña en vez de jugar a la roña o a chismear con sus
comadres. Es una niña bien linda, muy
bondadosa, muy bien portada; siempre habla de las cosas que hace para cuidar a
sus hermanitos y primitos. Me parece
mucho para una niña de siete años, pero hace tiempo ya que me doy cuenta que la
vida de Briana es muy distinta a la que tuve yo a los siete años.
--¿Usted va a trabajar
hoy, Mister Plum?—me pregunta. Me
sonrío; estos chiquillos muchas veces no se dan cuenta que el ser profesor es
mi trabajo.
--Sí, mi´ja— le contesto.
–Ya estoy trabajando. Mi trabajo es ser
tu profesor.
--Oh— responde ella. –Es
que mi mamá no pudo ir al trabajo hoy.
Mi mamá dice que está yendo mucho la gente pa´ chequear papeles, y ella no
los tiene. Y dice que si eso pasa se
tiene que ir pa´trás a México. Y dice que eso ya ha pasado en otros lados. Y así mejor no fue a trabajar. Y dice que tal vez no vaya por un tiempo.
Es verdad lo que dice la
niña. Ya en el último mes el ICE ha
redado a varias fabricas de carne en otros pueblos y a un montón de gente la
están deportando. Siento pena a esta
gente. No tienen otra opción para
trabajar, y ahora el mismo acto de ir a trabajar puede joderles la vida por
completo. Y aunque Briana lo diga, el no
ir al trabajo por más de unos días no es una opción, porque no tienen de qué
más vivir y tarde o temprano necesitarán volver al trabajo si es que quieren
tortillas en la mesa y techo sobre sus camas.
--Ojalá y pronto pueda
regresar tu mamá al trabajo—le digo a la niña, dándole un pequeño apretón a la
mano que se aferra a la mía.
Y seguimos dando
vueltas. A nuestro alrededor casi todos
los niños están corriendo y gritando, haciendo muñequitos de nieve y llamando a
sus amigos, el vapor saliendo de su boca cada vez más. Y como siempre, hay un pequeño grupo cerca de
la puerta, temblando por el frío, esperando nomás a que el recreo se acabe y se
pueda meter otra vez a la seguridad y calidez que las paredes de la escuela
ofrecen.
--Mister Plum—me dice
Briana--¿usted tiene papeles?
Me sorprende la
pregunta. Quedo sin hablar un momento
largo, y luego le contesto:
--Pues sí, mi´ja. Por
supuesto que tengo papeles.
--¿Y cómo usted agarró sus
papeles?
--Pues…cuando nací nomás
tuve mis papeles.
--¿Y por qué mi mamá no
tuvo sus papeles así nomás cuando nació?—me pregunta.
--Pues…es un poco
complicado, chiquilla. Es que tu mamá nació en México. Pero son diferentes los
papeles de México y de Iowa. Yo no tengo
papeles para México, por ejemplo, pero tu mamá sí. Y yo de Iowa, pero tu mamá
no.
Un minuto pasa. Tal vez dos.
--Sería mejor—dice
Briana—si todos tuviéramos papeles para todos los lados. Así mi mamá podría ir a trabajar igual que
usted, Mister Plum, y usted podría trabajar en México si quiere.
Le doy otro apretón a la
mano de la niña. «Es verdad, mi´ja. Es verdad».
Dejamos de caminar un
momentito. Arriba, muy arriba, el sol ha
aparecido desde detrás de unas nubes. Pero aun así, siento todavía más frío que
antes. Chequeo mi reloj. Quedan siete minutos de recreo.
--¿Damos otra vuelta,
mi´ja?—le digo a Briana. Me apreta la
mano y me dice «Sí, Mister Plum. Damos otra vuelta».