Thursday, April 20, 2017

María Lucía, la que me guió entre dos mundos


          AQUEL avión que aterrizaba en los últimos días de enero de 1999 había sido mi cuarto en dos días, al igual que el cuarto en toda mi vida hasta ese entonces. Tenía yo 21 años, tercer año de la universidad, nativo de un pueblito en un terreno de puros pueblitos del estado de Iowa.  Me había ido de una tierra fría, nevada, plana, conocida, y estaba aterrizando a una tierra cálida, verde, montañosa y extraña.  Mientras la puerta del avión se abría para que sacara mi primera vista de Mérida, Venezuela (Ciudad de los Caballeros), la mente no me dejaba en paz: ¿Estuve listo para tal salto en mi vida? ¿Podría hablar puro castellano por cuatro meses? Y sobre todo: ¿cómo sería esta gente, estos seres humanos venezolanos?

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          LA MEMORIA es un bicho raro.  Recuerdo, por ejemplo, que en Caracas me había pasado al baño a meterme los lentes de contacto, y recuerdo que me pedí la comida #3 en el Burger King del aeropuerto.  También recuerdo que en el avión de Chicago a Miami me sentaba al lado de una tal Susan Bridenstine, quien muy amablemente me dejó el asiento de la ventana para la bajada a Miami, porque ella había volado varias veces en su juventud y yo nunca.  Recuerdo que en la pista del aeropuerto en Caracas hubo una enorme valla de Coca-Cola y me sorprendí que en Venezuela hubiera Coca-Cola (mi primera, pero definitivamente no mi última, señal del imperialismo “suave” norteamericano). Y recuerdo, por supuesto, esa música “salsa” que se emitía por todos lados.

          No recuerdo, sin embargo, exactamente quienes estaban allí en el aeropuerto de Mérida esperándome.  Yo estuve armado con dos maletas enormes y también una mochila, así que tendría sentido que estuviera más de una persona allí para recibirme.  Y tengo recuerdos vagos de un niño con una espada de juguete, ordinario y juguetón, que tal vez hubiera estado acompañando algún adulto que estuviera allí.  El plan era vivir con una familia venezolana, en su casa, comiendo sus comidas y viendo su televisión y luchando para comunicarme con ella; pues tal vez este niño, entonces, estaba por alguna razón acompañando a Edecio, quien vendría a ser mi “hermano” adoptivo.  O tal vez no; tal vez aquel niño no tuvo nada que ver conmigo, o de hecho tal vez ese niño ni existió.

          Lo que estoy tratando de decir, y, por algún defecto que tengo yo, no sólo puedo decir, sino tengo que darle rodeos al asunto, es que no recuerdo si la acompañaba alguien a mi hermana Lucía ese día de mi llegada a Venezuela.  Pero sin lugar a dudas, sé que sí estuvo ella, con su Mercedes 1976 blanco y su sonrisa quiebrahielos, en el aeropuerto merideño aquella tarde soleada de enero de 1999. Y fue ella quien me llevó a mi nueva casa, mi nuevo hogar, mi nueva familia.

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          MARÍA Lucía Moreno Angarita nació el 13 de diciembre de 1977.  Es la única fecha de nacimiento entre mi familia venezolana que recuerdo con consistencia, pues ella nació exactamente 4 meses después de mí.  De hecho, por varios años le llamaba cada 13 de diciembre porque recordaba y era buena excusa para hacer la llamada y hablar con quién estuviera en la casa ese día.  Supongo que eso, como tantas otras cosas en la vida, cambió cuando tuve hijos.

          La conocí, entonces, a los 21años, igual que yo. Igual que yo, era hija de en medio, la cuarta entre cinco hijos.  Igual que yo, estudiaba la educación.  Estudiábamos en la misma facultad y si iba, me llevaba en su Mercedes 1976 blanco, cosa que apreciaba mucho al principio porque no entendía cómo carajo funcionaban las busetas.  Me enseñó que en Venezuela no puedes tirar la puerta del carro con mucha fuerza.  «¡No tan fuerte!» me decía.  No hablaba casi nada de inglés pero lográbamos comunicarnos relativamente fácil, pues era paciente con mi español mocho y tentativo.

          Seguro, pienso, que de ella aprendí un montón de castellano, aunque no recuerdo de nada en específico excepto “no tan fuerte” y “te toca a ti”. “Te toca a ti” normalmente era dirigido a nuestro hermano, Juan, dos años menor, cuando discutían del a quién le tocaba lavar los platos.  Ella y Juan discutían con frecuencia, y, con todo el respeto debido a mi querido hermano Juan, a mi juicio Luci casi siempre tenía la razón.  Lo cual no quiere decir, enfatizo, que Juan fuera problemático de ninguna forma, sino que Luci tenía la característica crónica y fastidiosa de ser una señorita de suma madurez y responsabilidad.

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          EL MERCEDES 1976 blanco andaba con sorprendente capacidad por las calles inclinadas de Mérida aquel día de enero de 1999.  Luci manejaba segura, con cuidado y asegurada de sí, como vería que era en casi todo.  Sólo tengo dos recuerdos específicos de esa andada en carro.

          --¿Tú tienes carro?—me preguntó.

          --Sí.  Una camioneta gris 1984—le dije.  Esas palabras me las sabía por haberlas practicado para mi diario en la clase del Sr. Osvaldo.  Hubiera querido decir «Por supuesto tengo un carro, ¿por qué no lo tendría?» porque en Iowa casi todos tienen un carro, sí o sí, pero no comprendía para ese entonces lo que era un carro, lo que significaba tener un carro, para la gran mayoría del mundo.

          El otro recuerdo es la música.  En lo que ahora reconozco como otra señal del imperialismo yanqui, “November Rain” por Guns and Roses se emitía del radio.

          --Es el canción favorito de mi hermano—le dije, tímido, pero determinado para comunicarme. A eso vine, ¿no?

          No me corrigió la gramática.  --¿Oh, sí? ¿Le gusta Guns and Roses?

          --Sí. Le encanta—le dije. ¡Éxito!

          Llegando a la casa Moreno, en la 2-36 Avenida Principal los Chorros de Milla (dirección que tenía memorizado ya por varios meses), Luci salió del Mercedes 1976 blanco y abrió el candado del portón antes de perforar el muro que rodeaba mi nueva casa.  Me acuerdo que aquel día conocí lo que era el pesebre, el bizcocho y la arepa, palabras que luego escribí en mi cuaderno para irlas memorizando en mi tiempo libre (de lo cual tenía mucho); conocí el terror esa noche en la cena cuando no entendía ni puta de lo que decía nadie y supe que me había equivocado en venir; y conocí a Auxi y a su nuevo bebé Francisco, a la señora Elba mi nueva madre, a Edecio papá y Edecio hermano, a Juan, y por supuesto a Luci, cuyos nombres que no tuve que escribir en mi cuaderno porque ya estaban impresos en mi corazón.

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          EL DECIR que Luci era madura y responsable no quiere decir que era aburrida.  Para nada.  La chama poseía una energía, una risa espectacular, una mente rápida para hacer chistes.  Los pleitos entre Juan y Luci podían durar días, principalmente, a mi parecer, porque cada vez que Juan pensaba que a Luci le había ganado, ella venía con otra cosa y le frustraba.  Su forma de preparar para un examen era única: se sentaba en la mesa del comedor y hablaba la información que tenía que saberse tan naturalmente como si estuviese alguien sentado a su lado.  Si entrabas, te saludaba, sin ninguna pena, y seguía hablando con su compañero de estudios imaginario.

          Era escout. Por eso supe que, en Venezuela, cuando tienes invitados a la casa, había que preparar para todos o té o chocolate o algo así para ellos.  A veces se iba todo el fin de semana con sus amigos escouts.  Cuidaba mucho a su carro.  Cada domingo, lo sacaba en frente de la casa y lo lavaba y lo aspiraba.  Era friolenta. Me acuerdo de una vez que entré a la casa como a eso de las ocho de la tarde, con suéter y bien cómodo, y Luci estuvo en el sofá, con un abrigo de invierno y una cobija, congelándose del frío. Seguro que estaba viendo o “Ally McBeal” o “Dawson´s Creek” o “Gilmore Girls”; le gustaban aquellos programas.

          Solía dormirse temprano; seguro adquirió aquella costumbre de Edecio padre, quien, después de comer y bañarse, se echa a ver tele y leer porque se madruga para ir a los Aleros.  Por eso a veces no coincidíamos, pues yo era gringo y los gringos íbamos de rumba y Luci no iba de rumba casi nunca.  Pero sí tenía un vicio secreto: un día subí al cuarto piso de la facultad para alguna u otra cosa y cuando di a la esquina, allí estuvo la señorita sumamente madura y responsable Luci, con un cigarro recién prendido entre sus dedos.  Tanto sus ojos como su boca se agrandaron al verme. Luego sonrió esa sonrisa espléndida y dijo «¡Hola, hermano Marco!»

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          CUATRO meses después, hice mi propia recepción en la casa 2-36 Avenida Principal los Chorros de Milla.  No serví ni té ni chocolate porque en algunas cosas era todavía gringo, aunque me decían que ya era un venezolano oficial.  Como buena fiesta venezolana tenía que haber comenzado a las siete pero la gente llegaba hacia las nueve; estoy seguro que Luci se acostó temprano como de costumbre pero yo no cerré la puerta al último invitado hasta las tres de la madrugada, y me quedaba todavía empacar.
Después de una siesta, saqué mis dos maletas enormes y las puse en la maletera del Mercedes 1976 blanco.  Regresaba a Gringolandia. Luci manejó hacia el aeropuerto y la señora Elba iba de copiloto.  El sol subía por encima del Pico Bolívar y el único recuerdo específico que tengo de aquella andada es Shakira en la radio, yo cantándola, y la señora Elba diciéndole a Luci «Qué bien que hasta sepa la letra de la música.» Y Luci asentía como para decir «Sí, Mami, ¿qué más esperabas? El gringo se volvió bien gocho, pero ya se nos va, y soy yo la que tiene hacerle llegar».    
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LE TOCÓ a Luci irse de nosotros, hoy, a las siete AM.  No he llorado, no suelo llorar, aunque algún líquido salado sí está tocándome los párpados mientras vago aquí después del trabajo.  Debería irme y hacer algo productivo, pero no puedo concentrarme en nada que no sea este escrito, como si Dios me dijera, «Díselo, díselo, díselo TODO…». 
          Pero a cierto punto no hay nada más que decir que el sencillo hecho que a Luci la quise, la quiero, la querré, todos la quisimos y la queremos y la querremos para siempre, y que Luci, por dónde estés, te veo en tu Mercedes 1976 blanco, fumando cuantos cigarros quieras sin que digamos nada y sonriendo como la traviesa que podías ser, y yo, para no estallarme en llanto, canto bajito, bien bajito, la letra que cantaba aquella mañana en mayo de1999, una letra no inapropiada para un momento como éste, mientras tú, como siempre, me guiabas entre dos mundos:
El cielo está cansado ya de ver
La lluvia caer
Y cada día que pasa es uno más
Parecido a ayer
No encuentro forma alguna de olvidarte porque
Seguir amándote es…
Inevitable


MP para MLMA, QEPD, 20-4-2017


3 comments:

  1. Yo tambien estaba en el Carro esa mañana cuando te llevabamos al aeropuerto y escuchabamos la cancion de shakira, tu estabas llorando, mientras la cancion sonaba en la radio. Gracias Mark por tan lindo detalle con Lucy :)

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    1. ¿De veras Juan? Jaja, como dije la memoria es un bicho raro. Seguro que tú también cantabas por tanto quererla a Shakira LOL! Un abrazo fuerte hermano te quiero.

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  2. Yo también me uno al sentimiento, Gracias Marco Antonio Por esas lindas Palabras, así era Luci y así la recordamos siempre haciendo cosas buenas y disfrutando la vida. Lindo detalle y un abrazo fuerte porque se que nuestro dolor es mutuo. Abrazos a tu Familia, Tu hermano Edecio.

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