AQUEL avión que aterrizaba en los últimos días de enero de 1999 había sido
mi cuarto en dos días, al igual que el cuarto en toda mi vida hasta ese
entonces. Tenía yo 21 años, tercer año de la universidad, nativo de un pueblito
en un terreno de puros pueblitos del estado de Iowa. Me había ido de una tierra fría, nevada,
plana, conocida, y estaba aterrizando a una tierra cálida, verde, montañosa y
extraña. Mientras la puerta del avión se
abría para que sacara mi primera vista de Mérida, Venezuela (Ciudad de los
Caballeros), la mente no me dejaba en paz: ¿Estuve listo para tal salto en mi
vida? ¿Podría hablar puro castellano por cuatro meses? Y sobre todo: ¿cómo
sería esta gente, estos seres humanos venezolanos?
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LA MEMORIA es un bicho
raro. Recuerdo, por ejemplo, que en
Caracas me había pasado al baño a meterme los lentes de contacto, y recuerdo
que me pedí la comida #3 en el Burger King del aeropuerto. También recuerdo que en el avión de Chicago a
Miami me sentaba al lado de una tal Susan Bridenstine, quien muy amablemente me
dejó el asiento de la ventana para la bajada a Miami, porque ella había volado
varias veces en su juventud y yo nunca.
Recuerdo que en la pista del aeropuerto en Caracas hubo una enorme valla
de Coca-Cola y me sorprendí que en Venezuela hubiera Coca-Cola (mi primera,
pero definitivamente no mi última, señal del imperialismo “suave”
norteamericano). Y recuerdo, por supuesto, esa música “salsa” que se emitía por
todos lados.
No recuerdo, sin embargo,
exactamente quienes estaban allí en el aeropuerto de Mérida esperándome. Yo estuve armado con dos maletas enormes y
también una mochila, así que tendría sentido que estuviera más de una persona
allí para recibirme. Y tengo recuerdos
vagos de un niño con una espada de juguete, ordinario y juguetón, que tal vez
hubiera estado acompañando algún adulto que estuviera allí. El plan era vivir con una familia venezolana,
en su casa, comiendo sus comidas y viendo su televisión y luchando para
comunicarme con ella; pues tal vez este niño, entonces, estaba por alguna razón
acompañando a Edecio, quien vendría a ser mi “hermano” adoptivo. O tal vez no; tal vez aquel niño no tuvo nada
que ver conmigo, o de hecho tal vez ese niño ni existió.
Lo que estoy tratando de
decir, y, por algún defecto que tengo yo, no sólo puedo decir, sino tengo que
darle rodeos al asunto, es que no recuerdo si la acompañaba alguien a mi
hermana Lucía ese día de mi llegada a Venezuela. Pero sin lugar a dudas, sé que sí estuvo
ella, con su Mercedes 1976 blanco y su sonrisa quiebrahielos, en el aeropuerto
merideño aquella tarde soleada de enero de 1999. Y fue ella quien me llevó a mi
nueva casa, mi nuevo hogar, mi nueva familia.
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MARÍA Lucía Moreno Angarita
nació el 13 de diciembre de 1977. Es la
única fecha de nacimiento entre mi familia venezolana que recuerdo con
consistencia, pues ella nació exactamente 4 meses después de mí. De hecho, por varios años le llamaba cada 13
de diciembre porque recordaba y era buena excusa para hacer la llamada y hablar
con quién estuviera en la casa ese día.
Supongo que eso, como tantas otras cosas en la vida, cambió cuando tuve
hijos.
La conocí, entonces, a los
21años, igual que yo. Igual que yo, era hija de en medio, la cuarta entre cinco
hijos. Igual que yo, estudiaba la
educación. Estudiábamos en la misma
facultad y si iba, me llevaba en su Mercedes 1976 blanco, cosa que apreciaba
mucho al principio porque no entendía cómo carajo funcionaban las busetas. Me enseñó que en Venezuela no puedes tirar la
puerta del carro con mucha fuerza. «¡No
tan fuerte!» me decía. No hablaba casi nada
de inglés pero lográbamos comunicarnos relativamente fácil, pues era paciente
con mi español mocho y tentativo.
Seguro, pienso, que de ella
aprendí un montón de castellano, aunque no recuerdo de nada en específico
excepto “no tan fuerte” y “te toca a ti”. “Te toca a ti” normalmente era
dirigido a nuestro hermano, Juan, dos años menor, cuando discutían del a quién
le tocaba lavar los platos. Ella y Juan
discutían con frecuencia, y, con todo el respeto debido a mi querido hermano
Juan, a mi juicio Luci casi siempre tenía la razón. Lo cual no quiere decir, enfatizo, que Juan fuera
problemático de ninguna forma, sino que Luci tenía la característica crónica y fastidiosa
de ser una señorita de suma madurez y responsabilidad.
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EL MERCEDES 1976 blanco
andaba con sorprendente capacidad por las calles inclinadas de Mérida aquel día
de enero de 1999. Luci manejaba segura,
con cuidado y asegurada de sí, como vería que era en casi todo. Sólo tengo dos recuerdos específicos de esa
andada en carro.
--¿Tú tienes carro?—me preguntó.
--Sí. Una camioneta gris 1984—le dije. Esas palabras me las sabía por haberlas
practicado para mi diario en la clase del Sr. Osvaldo. Hubiera querido decir «Por supuesto tengo un
carro, ¿por qué no lo tendría?» porque en Iowa casi todos tienen un carro, sí o
sí, pero no comprendía para ese entonces lo que era un carro, lo que
significaba tener un carro, para la gran mayoría del mundo.
El otro recuerdo es la
música. En lo que ahora reconozco como
otra señal del imperialismo yanqui, “November Rain” por Guns and Roses se
emitía del radio.
--Es el
canción favorito de mi hermano—le dije, tímido, pero determinado para
comunicarme. A eso vine, ¿no?
No me
corrigió la gramática. --¿Oh, sí? ¿Le
gusta Guns and Roses?
--Sí. Le
encanta—le dije. ¡Éxito!
Llegando a
la casa Moreno, en la 2-36 Avenida Principal los Chorros de Milla (dirección
que tenía memorizado ya por varios meses), Luci salió del Mercedes 1976 blanco
y abrió el candado del portón antes de perforar el muro que rodeaba mi nueva
casa. Me acuerdo que aquel día conocí lo
que era el pesebre, el bizcocho y la arepa, palabras que luego escribí en mi
cuaderno para irlas memorizando en mi tiempo libre (de lo cual tenía mucho);
conocí el terror esa noche en la cena cuando no entendía ni puta de lo que decía
nadie y supe que me había equivocado en venir; y conocí a Auxi y a su nuevo
bebé Francisco, a la señora Elba mi nueva madre, a Edecio papá y Edecio
hermano, a Juan, y por supuesto a Luci, cuyos nombres que no tuve que escribir
en mi cuaderno porque ya estaban impresos en mi corazón.
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EL DECIR
que Luci era madura y responsable no quiere decir que era aburrida. Para nada.
La chama poseía una energía, una risa espectacular, una mente rápida
para hacer chistes. Los pleitos entre
Juan y Luci podían durar días, principalmente, a mi parecer, porque cada vez
que Juan pensaba que a Luci le había ganado, ella venía con otra cosa y le
frustraba. Su forma de preparar para un
examen era única: se sentaba en la mesa del comedor y hablaba la información
que tenía que saberse tan naturalmente como si estuviese alguien sentado a su
lado. Si entrabas, te saludaba, sin
ninguna pena, y seguía hablando con su compañero de estudios imaginario.
Era escout. Por eso supe que, en Venezuela,
cuando tienes invitados a la casa, había que preparar para todos o té o chocolate o
algo así para ellos. A veces se iba todo
el fin de semana con sus amigos escouts. Cuidaba mucho a su carro. Cada domingo, lo sacaba en frente de la casa
y lo lavaba y lo aspiraba. Era
friolenta. Me acuerdo de una vez que entré a la casa como a eso de las ocho de
la tarde, con suéter y bien cómodo, y Luci estuvo en el sofá, con un abrigo de
invierno y una cobija, congelándose del frío. Seguro que estaba viendo o “Ally McBeal” o “Dawson´s
Creek” o “Gilmore Girls”; le gustaban aquellos programas.
Solía
dormirse temprano; seguro adquirió aquella costumbre de Edecio padre, quien,
después de comer y bañarse, se echa a ver tele y leer porque se madruga para ir
a los Aleros. Por eso a veces no
coincidíamos, pues yo era gringo y los gringos íbamos de rumba y Luci no iba de
rumba casi nunca. Pero sí tenía un vicio
secreto: un día subí al cuarto piso de la facultad para alguna u otra cosa y
cuando di a la esquina, allí estuvo la señorita sumamente madura y responsable
Luci, con un cigarro recién prendido entre sus dedos. Tanto sus ojos como su boca se agrandaron al
verme. Luego sonrió esa sonrisa espléndida y dijo «¡Hola, hermano Marco!»
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CUATRO
meses después, hice mi propia recepción en la casa 2-36 Avenida Principal los
Chorros de Milla. No serví ni té ni
chocolate porque en algunas cosas era todavía gringo, aunque me decían que ya era
un venezolano oficial. Como buena fiesta
venezolana tenía que haber comenzado a las siete pero la gente llegaba hacia
las nueve; estoy seguro que Luci se acostó temprano como de costumbre pero yo
no cerré la puerta al último invitado hasta las tres de la madrugada, y me
quedaba todavía empacar.
Después de
una siesta, saqué mis dos maletas enormes y las puse en la maletera del
Mercedes 1976 blanco. Regresaba a
Gringolandia. Luci manejó hacia el aeropuerto y la señora Elba iba de copiloto. El sol subía por encima del Pico Bolívar y el
único recuerdo específico que tengo de aquella andada es Shakira en la radio,
yo cantándola, y la señora Elba diciéndole a Luci «Qué bien que hasta sepa la
letra de la música.» Y Luci asentía como para decir «Sí, Mami, ¿qué más
esperabas? El gringo se volvió bien gocho, pero ya se nos va, y soy yo la que tiene hacerle llegar».
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LE TOCÓ a Luci irse de nosotros, hoy, a las siete
AM. No he llorado, no suelo llorar,
aunque algún líquido salado sí está tocándome los párpados mientras vago aquí
después del trabajo. Debería irme y
hacer algo productivo, pero no puedo concentrarme en nada que no sea este
escrito, como si Dios me dijera, «Díselo, díselo, díselo TODO…».
Pero a
cierto punto no hay nada más que decir que el sencillo hecho que a Luci la
quise, la quiero, la querré, todos la quisimos y la queremos y la querremos
para siempre, y que Luci, por dónde estés, te veo en tu Mercedes 1976 blanco,
fumando cuantos cigarros quieras sin que digamos nada y sonriendo como la
traviesa que podías ser, y yo, para no estallarme en llanto, canto bajito, bien
bajito, la letra que cantaba aquella mañana en mayo de1999, una letra no
inapropiada para un momento como éste, mientras tú, como siempre, me guiabas
entre dos mundos:
El cielo está
cansado ya de ver
La lluvia caer
Y cada día que
pasa es uno más
Parecido a ayer
No encuentro
forma alguna de olvidarte porque
Seguir amándote
es…
Inevitable
MP para MLMA, QEPD, 20-4-2017
Yo tambien estaba en el Carro esa mañana cuando te llevabamos al aeropuerto y escuchabamos la cancion de shakira, tu estabas llorando, mientras la cancion sonaba en la radio. Gracias Mark por tan lindo detalle con Lucy :)
ReplyDelete¿De veras Juan? Jaja, como dije la memoria es un bicho raro. Seguro que tú también cantabas por tanto quererla a Shakira LOL! Un abrazo fuerte hermano te quiero.
DeleteYo también me uno al sentimiento, Gracias Marco Antonio Por esas lindas Palabras, así era Luci y así la recordamos siempre haciendo cosas buenas y disfrutando la vida. Lindo detalle y un abrazo fuerte porque se que nuestro dolor es mutuo. Abrazos a tu Familia, Tu hermano Edecio.
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