Almuerzo todos los días con mis compañeros de trabajo. Es un grupo absolutamente increíble, divertido pero a la vez dedicado, cínico y a la vez optimista, vápido y a la vez profundo. Hablamos de todo y de nada, de nuestros sueños y comida, del futuro de educación y el significado del bendito selfie. Sé, a través de mi esposa, que todos los trabajos no son así, y cada día agradezco a Dios que me haya rodeado con semejante gente.
El otro día una compañera hablaba de sus conversaciones con su hermana y le pregunté con cuánta frecuencia le hablaba. Me dijo que hablaban con textos varias veces al día, intercambiando fotos de sus hijos y cosas así. Luego me dijo que así no eran las cosas con su hermano, que le era raro porque de jóvenes eran súper cercanos pero ahora no tanto. Me reí y le aseguré que era cosa de hombres nomás, que yo tampoco hablaba mucho con mi familia aunque nos considero cercanos.
--Ya, entiendo--me dijo,--y para mí no es para tanto, pero a mi mamá le vuelve loca. Nos anda llamando todo el tiempo a mí y a mi hermana preguntándonos por él, que si está bien, que por qué no le devuelve la llamada. Pobre de ella.
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Mi mamá falleció el 20 de enero del 1996, un sábado soleado pero frío, ese frío del coño que nos ha estado haciendo en estos días. Había ido a jugar ráquetbol con una amiga y se cayó durante la jornada. Mi hermanita de trece años la vio caerse. Le hicieron el CPR y toda esa vaina pero nada, después de una hora estuvo muerta. Nos llamó mi hermana toda histérica y fuimos todos al hospital y aún recuerdo la reacción de mi papá cuando el doctor le dijo que no le podían hacer más nada. Mi papá se inundó con llanto, cosa que jamás había visto en mi vida; yo no lloraba en aquel momento, aunque me quedaban muchas lágrimas en espera.
Las primeras horas eran nublinosas, los días seguidos surreales, las noches inaguantables. Vino todo el mundo para ayudar: primos, tíos, amigos, conocidos, hasta desconocidos. Pero era ausente la que más quería que estuviera.
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Mis hermanos son muy buenos en acordar la fecha y conmemorarlo. Yo, no tanto, por alguna razón. Y no es que no me doy cuenta de que es el veinte de enero. Puedo escribirlo cien veces en la fecha y no lo pienso dos veces. Este año era hasta que mi hermana puso algo en el Facebook que no me acordé de lo que había acontecido hace 18 años. A recordarlo me pasó una reacción más de curiosidad que tristeza, cosa que me hizo cuestionar mi humanidad. No sé si señale que haya recuperado del completo de ese golpe tremendo que nos dio, o que me quede aún toda la vida, quizá más, para poder hacerlo.
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Mi madre era la mejor de todas. Yo sé que todos lo dicen, y es verdad cada vez que uno lo dice. Para cada uno su mamá es la única persona que la entienda de verdad, que sepa bien todas sus debilidades y fuerzas, que sepa bien cuando está mintiendo y cuando no, cuando uno esté feliz y cuando sólo se esté poniendo una máscara para que al mundo no se le vea el dolor. Con la mamá no hay secretos, o si hay, tú sólo piensas que es secreto; por algún lado tu mamá se lo sabe. Cada vez que yo me ponía esa máscara, mi mamá me la quitaba en un dos-por-tres. Desde que se me fue mi mami, no dejo que nadie, ni mis hermanos, ni mi papá, ni mi esposa, ni siquiera yo mismo, me la quite.
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Varias veces me he preguntado como hubiera sido mi vida los últimos 18 años si ella siguiera con nosotros. Ella no quería que fuera a la Universidad de Iowa y fui. Cuando le dije a mi papá a los diecinueve años que quería vivir en Sudamérica, mi papá ni parpadeó: me dijo que fuera; seguro que Mamá no hubiera estado tan cómoda con tal idea. Pensando en la conversación con mi amiga en el almuerzo, me doy cuenta que hablo con mi papá una vez al mes, dos como máximo, y así está bien; no creo que supieramos de qué hablar si fuera más. Eso ha sido lo bueno de mi papá: nunca trató de ser nuestra mamá, ni siquiera cuando no estaba Mamá: se lo sabía imposible.
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18 años con ella y 18 sin ella. Vaya simetría, ¿no? Me vio mi mami crecer más alto, ir a la escuela, aprender a leer, jugar al béisbol (siempre las mamás son las mejores fans, ¿no?), sacar buenas notas, empezar a pensar en las chicas, manejar, conseguir mi primera novia, emborracharme por primera vez, empezar una barba. No me vio graduarme ni de la secundaria ni de la Universidad, afeitarme, bailar salsa, hablar español, dar clase, crecer más ancho, comprar una casa, casarme, hacerme padre.
Pero lo más destacado es que mientras sigo sin ella, me voy dando cuenta que mientras disfrute mi vida y la viva de la mejor manera que pueda, no la vivo como podría si ella hubiera seguido con nosotros unos años, unos meses, unos días más. Porque la cosa es que tengo dieciocho años sin que me quite esta bendita máscara y no veo la manera que lo haga hasta que un día esté, de nuevo, a su lado, en sus brazos, en su vientre.
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